COOPERACIÓN BIKINI por Cayetana Cabezas


Extra, extra. Última noticia, y buena, matizo y subrayo: Tras el disfrute de la cadena gastronómica ininterrumpida de turrones, cenas pre y post año nuevo, roscón de Reyes, torrijas de Semana Santa, barrocos huevos de Pascua, gallinejas de San Isidro y delicias de la churrería ambulante de las fiestas de tu barrio y los cuatro barrios colindantes, QUEDA CANCELADA LA OPERACIÓN BIKINI 2022. ¿Cómo te suena? La inmediata sensación siempre es la que vale. Confía en lo primero que te haya venido al estómago.


Los trastornos alimenticios son denominador común del 80% de las mujeres con las que me relaciono. Hablaré fundamentalmente de mujeres porque estoy empeñada en escribir sobre lo que soy y conozco, así que esto que estás leyendo es, para bien y para mal, mi opinión. Cualquier otra cosa me parece pretenciosa y mentira y esos son calificativos que estoy queriendo erradicar de mi vida. Pretencioso también esto, lo sé, pero sigo, que me voy por los cerros de Úbeda y al final termino abriéndome un vino y hablándote del tiempo, la memoria y el amor, que, por otro lado, empiezo a creer que son la misma cosa. Ves, ya divago.


Trastornos alimenticios, en eso estábamos. Anorexia, bulimia y todo lo que las contextualiza. Habla una ex. Ex anoréxica y ex bulímica oficialmente diagnosticada. Ser capaz de escribir sobre ello con libertad es casi tan complejo como haberlo superado por completo, así que puedo decir que ahora mismo tecleo desde la alegría. Al parecer, dicen los expertos, son problemas de salud que persisten en el tiempo; se agarran como un velcro a cualquier estímulo, comentario o excusa que encuentren. Y créeme; las encuentran. Cada día.


Mi relación con mi cuerpo no depende solamente de tatuarme a fuego el manido “porque yo lo valgo”. Los eslóganes de la empresa del beauty, ¡pa’ ella, que suyos son! Y además, todavía no he encontrado uno solo que valga para otra cosa que no sea enriquecer al que los propone. El contexto pesa o eleva. Familia, amigos, moda, publicidad, redes sociales... Todo es contexto. Creo que el quid de la cuestión está en: Uno, pulir las herramientas para sostenerse y amarse a una misma (incluido o incluide estás si así lo sientes) y dos, pulir las herramientas para sostener y amar al otro (otra/otre; no insisto más). Por suerte, las herramientas para esta cura bidireccional son las mismas. Mira tú que bien; nos ahorramos media jornada.


En 1994 yo tenía quince años. Las clases de ballet, los requerimientos físicos para los exámenes de la Royal Academy of London, mis ganas de entrar en los pantalones de una madre que se había criado con Twiggy como referente de belleza (hoy tenemos otros, sí; misma prisión con distinto nombre), las posturas imposibles en las que Kate Moss mostraba los huesos de su cadera como diamantes y el vestido blanco que quise no ponerme a toda costa aquella Nochevieja (cuando “todo el mundo sabe que el blanco hace gorda”) fueron mi contexto. El mío y el de muchas de mis compañeras del colegio. Niñas todavía, cuyas caderas se expandían para albergar en el futuro a otras niñas y cuyos pechos se hidrataban llamando la atención de las miradas que debían elegirlas como reinas de la belleza de las fiestas de su pueblo. Ser la elegida como meta silente; novia, esposa, madre o reina de la belleza. Encarnamos la tortura de una espera en la que ganar es ser trofeo. ¿Quién nos convence de que lo que gusta, seduce o conquista es lo contenido, lo frágil, incluso lo que parece enfermo o moribundo? ¿Quién decide que la moda es hoy una y mañana otra y que todo lo que no encaje a tiempo no encaja? La norma, esa gran excepción. ¿Tanto miedo produce que crezcamos con toda la libertad que pide el cuerpo? Toda la libertad que pide el cuerpo. ¿Sé yo acaso con certeza lo que es eso? ¿Y tú? ¿Puedes hablar de lo que nunca han permitido que te ocurriese? La libertad es poder, eso lo saben los gatos. ¿Quiénes seríamos si no hubiéramos tenido jamás que gustar, seducir o conquistar a nadie? Ojo, se viene motín de las condenadas a complacer.



La milonga publicitaria de los “cuerpos reales”, que algunas marcas utilizan desde hace años para vender sus productos, entretiene, incluso genera impacto, pero es solamente un apaciguador, como el que le dan al bebé que llora pidiendo lo que la vida le debe. Por ejemplo: ¿Por qué utilizan los cuerpos de un grupo de mujeres en lugar del cuerpo “no normativo” de una mujer sola, con nombre y apellidos? Multiplican los centímetros de piel, el número de rostros, la variedad de prototipos; “ponme media docena de rubias, tres cuartos de morenas y el resto pelirrojas, ah, y mete algo más racial también... mujeres negras, orientales, no sé, algún pelo rizado y no tanta mecha californiana, que esto va también para Portugal”. ¿Para qué? Para Portugal. No, te pregunto yo a ti que para qué crees que lo hacen. Un amigo mío decía que, cuando vemos a un grupo de mujeres (de hombres, o incluso de flores), con que haya algunos rasgos aquí y allá que te llamen la atención, sientes enseguida la “atracción por contagio”; te haces a alguien a la carta atribuyéndole cualidades específicas de los diferentes cuerpos del grupo. Necesitas de todas ellas para poder amar a una sola. Es probablemente la versión más extendida y practicada (por aparentemente inocua) del poliamor. Quizás los que apuestan por estas campañas publicitarias tengan también la teoría vírica de mi amigo. Solo quizás.



Y ahora es cuando saltaría mi primo Jose Carlos: A ver, las modelos tienen que estar buenas. Y su colega Javito: Eso de toda la vida. Pero el que recurre a la historia siempre la agarra desde el momento que le conviene. ¿Desde cuándo es “de toda la vida”, primo? ¿Qué es estar buena, Jose Carlos? ¿Y, sobre todo, quién eres tú, Javito? Esto que lees no es un oda a la obesidad, tampoco un alegato contra la delgadez, esto es una llamada a la empatía, cuya falta parece ser la lacra de nuestros tiempos.




Seguramente lo que yo empecé a vomitar en 1994 no eran solamente la comida y el sabor a culpa, también la rabia que me daba hacerlo sabiendo que, cuando mis dedos entraban hasta la campanilla, por mucho que expulsase, mi cuerpo, más sabio que yo, siempre se habría quedado ya algo para él. Algo de mi tiempo, algo de mi amor y algo de mi memoria; que, definitivamente, ahora lo veo claro, vienen a ser lo mismo. Por suerte, la adultez trajo renuncia, y con ella puedo negarme a no ser nadie más que yo misma. Pero cada segundo miles de personas entran en la adolescencia y la turbina que mueve esos años es poderosa y frágil; precisamente ahí radica su belleza, cuidémosla.




Cuidémonos. Yo vivo para contarlo, pero por el camino se han perdido para siempre cuerpos que no querían ser habitados.

La estadística, esa mentirosa internacional, poco cuenta acerca de los que prefieren desaparecer que existir y nada sobre las razones que les llevan a hacerlo, pero hay personas que, incapaces de permanecer en este crisol de cánones de belleza, sueños heredados, éxitos prestados y amores no amables, se quitan la vida. Les han convencido de que, tal como son, no la merecen. La vida, repito. Tal vez la mejor manera de cuidarla, de cuidarnos, sea cuidar la más poderosa de las herramientas que nos da el cuerpo; nuestra mirada. Porque el objetivo no debería ser conseguir ponernos un bikini, sino quitarnos todo lo que no nos deja ponérnoslo.



QUEDA INAUGURADA LA COOPERACIÓN BIKINI 2022. Gracias por su empatía.