El acontecimiento: Maternidad, aborto, píldora y excusas que infantilizan


“Es francesa y sale una de mis actrices favoritas” me dice mi madre con una mirada cómplice para convencerme. Estamos a puertas del Cine Ideal, y cedo.” Entro pensando que la proyección respetará mis clichés sobre las películas francesas, lentas, algo angustiantes y de un existencialismo purista que no siempre me fascina. Pero no. Me equivoco, gran costumbre que empiezo a asumir. Me paso 35 minutos de la película sujetándome la parte baja del vientre, intentando obviar que no es a mí a quien ocurre lo que veo . Esto no es ningún spoiler. Pueden leer la Sinopsis de la cartelera. Una joven de mi edad, que en Francia tiene la mala suerte de quedarse embarazada cuando no lo desea, lejos de una ley que le permite abortar, año 1963 .

Me sujeto el cuerpo con la angustia que la brillante actriz realza desde la simplicidad más banal que un drama así puede tener. Pienso en Simone Veil y en su conquista legal para que el sufrimiento de tantas no acabase llevándoselas por delante en una cama clandestina en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

“Esto es terrorífico” me digo. Lo es porque cuando la ley puede arrastrarte a la cárcel por no querer ser madre, la cárcel de la maternidad no necesita rejas . Lo es, porque cuando la ilegalidad está entrelazada con la autonomía reproductiva de las mujeres, la soledad que habita nuestros cuerpos se manifiesta de manera autodestructiva. Sujeto la mano de mi madre pensando que nosotras nacimos y crecimos en un país en el que las mujeres son encarceladas por decidir sobre su maternidad. Porque hoy, sigue previsto que eso ocurra. Ellas, y los médicos, en su mayoría, hombres, cómplices de su liberación congratulada son encarcelados . La cooperación masculina cuando de nuestra libertad se trata, siempre está castigada. Gloria Steinem juró en la consulta de un médico que jamás hablaría de él, y que haría lo que quisiese con su vida. “La vida en la carretera” comienza dedicándose a él, traicionando su promesa, porque a veces estas caducan. A quién en contra del estandarte imperante la salvó de sí misma, de su destino vaticinado por un vientre en el que crecía un feto.


A lo largo de la película me alarma el abandono femenino que rodea a la protagonista. Amigas, hasta que tus desastres nos separen. “Menudas cabronas” pienso, “¿debería comprender su postura?” me cuestiono en el milisegundo en el que deseo ser la tibia que no soy. Me niego. Me duele el abandono en general, pero más aún el de mujeres a las que quiero. Proyecto mi miedo en el personaje, rememoro el dolor de la traición. Yo suelo tener la mala manía de querer para las demás, lo que quiero para mí. Amigas que te ayuden a nadar en el barro cuando no te puedan sacar de él. Sororidad sí. Pero a qué precio. Qué poco feminista me siento escribiendo esto, y qué poco me importa de repente. “Estas mujeres son hijas del patriarcado, no les queda otra”, “se juegan mucho si la ayudan”, “las amigas están alienadas” y un sinfín más de excusas que infantilizan la capacidad de obrar correctamente de tantas mujeres se me atragantan. No pienso pasar por el aro, me digo. No hace falta ser feminista, hace falta actuar desde la humanidad, me digo. Sólo por mujeres que en su momento cooperaron con las más desfavorecidas y vulnerables, hoy otras podemos decidir. La protagonista vive en una residencia de estudiante de chicas, en las que abundan las matonas y hay una dictadura instaurada por las que ostentan el poder.


El control que ejercen las unas sobre las otras es el mejor ejemplo de las aliadas del patriarcado. He estado ahí, también en una residencia de chicas, sintiendo esos ojos posados sobre mi como notificaciones de “vemos lo que haces, como lo haces y con quien”. Hay cajas de pandora que la pantalla me abre de repente.

Ella, dispuesta a llegar hasta el final con tal de no ser madre confronta mi propia proyección sobre la maternidad en mi vida. Debe ser horrible no querer ser madre con todas tus fuerzas. Debes odiarte a través de esa maternidad para asumir el riesgo de morir en una cama mientras adentras en tu vagina utensilios metálicos. Debes no soportar la sensación que produce ser madre en medio, corto y largo plazo, para jugarte la vida y querer sobrevivir a ella, porque sientes que algo de ti muere para siempre si lo eres.

“He tenido la enfermedad que sólo sufrimos las mujeres y que nos convierte en ama de casa”, expresa la actriz. Del miedo a ser ama de casa, se un rato. Soy nieta de las amas de casa que no escogieron serlo pero que no tenían ninguna otra opción. Amiga de amas de casa convencidas de que escogieron serlo. Y de las mujeres convertidas en amas de casa cuando podían no serlo, entiendo lo suficiente para decir, que es un grandioso camino hacia la infelicidad. Veo rencor en ella. El rencor con el que reprocha que esa losa para ella llamada “maternidad” es un lastre que sólo ella padece. Está enfadada, con la biología, con la vida, con su mala suerte. En consulta médica afirma “Querré ser madre cuando no tenga que escoger entre tener un hijo, o mi vida”. Está convencida de que su condena radica en su útero, aplaza la idea de maternidad para cuando ser madre no le impida vivir, avanzar, seguir, en una sociedad en la que las “madres solteras” son crucificadas. No estoy de acuerdo, pienso. Pero entiendo que es una manera de consolarse pensar que el embarazo amparado por un matrimonio puede salvarte de tu “no querer ser madre”. Entiendo que cuando es el Estado, la ley, el sistema y la sociedad la que te fuerza a que hagas algo que no desees, vivir, de mucho miedo de repente.


En una escena, de belleza cinematográfica que no puedo explicar porque una ha estudiado Derecho y no cine. Aparecen unos planos lúcidos en la oscuridad que reflejan la sutil desesperación creciente en una mujer que se tiene que hacer daño por el miedo a un embarazo continuado, a un parto, a un hijo, a una vida de madre. ¿Cómo de fuerte es nuestra conciencia cuando podemos aguantar el dolor que nos provocamos aunque nuestro instinto sea sobrevivir y reaccionar a lo que nos hace daño? Mi madre me tapa los ojos, no soporto el sonido de los utensilios que usa, imagino las infecciones, desgarros vaginales o daños en los ovarios que eso produce y me dan náuseas. Me indigna que mi madre que sujeta mi mano con fuerza, piense que no puedo afrontarlo, pero me alegro, porque es tan duro, que no se si puedo, o si quiero. “Menuda película francesita de los ovarios mami” nunca fue tan oportuna la expresión. Se me contrae la vagina, y pienso “En qué puñetero momento dejo yo la píldora de verdad”. Pero sí sé porqué la dejé. Y el otro día lo comentaba con Laura, que también ha decidido hacerlo. Tantos años de hormonación que no nos permiten menstruar por miedo al dolor, a la endometriosis, a los quistes ováricos, o a simplemente no estar bien durante una media de 7 días al mes. 84 días al año, y sólo 80 le hicieron falta a Verne para dar la vuelta al mundo. La cosa es que un día amaneces dándote cuenta de que tienes una desconexión con tu cuerpo propia de una medicina que tiene a las mujeres en cuenta sólo en lo que implique perpetuar la especie. “Inventamos la píldora, ahora que se las apañen” Unos cracks, los de la comunidad médica. Las mujeres sufrieron tanto las consecuencias de sus relaciones sexuales, que aceptaron sin contemplación el único método anticonceptivo para el que sólo necesitan que medie su voluntad.


Esta falta de información y este asumir como normal hormonarse, es la herencia del principio de la emancipación de las mujeres. En mi entorno las mujeres la usan más para muchos otros motivos que no por miedo a quedarse embarazadas. En consulta ginecológica se receta como los caramelos para la garganta. Me voy, me estoy yendo del tema. Creo que no quiero decir lo que siento, hoy de madrugada. Hablando conmigo misma, como si mañana tuviese que decidir. Y es que quiero que el aborto no es algo que yo estaría dispuesta a afrontar a menos que mi vida corriese riesgo o que fuese víctima de una violación. Y esto, me hace pensar que cualquiera está esperando con un machete en una esquina para decirme que “seguro que sí aunque ahora no quieras pensarlo”. Sin embargo, se que no. Que no saldría viva del trance de pasar por ello por lo que para mí implica y significa la maternidad. Y me siento tan pequeña e insignificante ante la decisión de mujeres de hacerlo, que sólo puedo admirar en silencio su escucha propia. Hacer caso a tus entrañas, a veces es un deporte de alto riesgo.


Yo, que concibo de cerca que el deseo de la maternidad puede hacerse con los años, y se que en muchas mujeres nunca aparece, y que pueda ocurrir para las últimas es una catástrofe física y emocional. Por eso, cuando abogo por el aborto. Por eso cuando hablo de la necesidad de que en países como el mío se implementen leyes que no promuevan la penalización del aborto, hablo de la opción de escoger la maternidad desde el deseo y la responsabilidad plena. Porque no hay nada más duro que ver que algo que es deseado por tantas, es tu condena a muerte en vida y no puedas decirlo en voz alta. Porque aún hay vergüenza y miedo e incertidumbre en no querer ser madre. Por eso, el derecho al aborto no es para que todas las mujeres aborten, comentario vacío y que nos quiere convertir en liberticidas. Si no para que las que no puedan o quieran, tengan el derecho a no ser madres. No garantizar el aborto libre y seguro, no hará que las mujeres que quieren abortar no lo hagan, sólo aumentará las probabilidades ya altas, de que las que lo practiquen en otras circunstancias mueran en el intento de NO ser madres. Y quizás, ese también deba ser el derecho, no sólo el derecho al aborto, el acontecimiento en sí, si no también el derecho a no ser madre, la consecuencia real. Que el cine se capaz de contar esto, y hacernos pensar tanto más. Que Aurey Diwan nos legue a través de la pantalla este legado es tanto un honor como un regalo.