HSHUMA
















OMAYMA AMMARI



Ser hija de inmigrantes (árabes en este caso) en un país occidental no es fácil, creo que está a la orden el día. Gracias a las redes sociales toda persona puede expresar sus frustraciones o denunciar las desigualdades que sufre.


Intentar buscar tu identidad cuando cada una de las culturas te intenta identificar como “de los suyos” es difícil, es difícil llegar a asumir que no eres ni la totalidad de uno ni la totalidad del otro. Ni mitad y mitad.

Pero hay algo especialmente difícil de desarrollar junto con tu crecimiento. Tus creencias, tu fe, tu postura política. ¿De qué forma creer si la religión se encuentra totalmente politizada? Buscar la forma de que mis actos tengan coherencia con mis valores morales han marcado profundamente mi adolescencia y parte de mi juventud.


Hay muchas cosas que comparto con la cultura occidental postmoderna y otras que no tanto. Intentar entender las que no comprendo han marcado un dolor intenso en mis entrañas hasta llegar a la conclusión del rechazo. De no darlas por válidas, llega un momento en que “el sentido común” parece no ser políticamente correcto. Y cuando manifiestas estos desacuerdos de repente todo el mundo se lleva las manos a la cabeza.


Intentar cambiar ciertas creencias que te fueron inculcadas desde una edad tan tierna parece misión imposible, prácticamente una cirugía psicológica. Pero hay algo todavía más difícil, intentar explicar a la gente de tu alrededor que ciertas prácticas conservadoras que prefieres mantener en tu vida no son raíz de tu adoctrinamiento islámico sino de un largo y forzoso replanteamiento y descarte de qué opción es mejor, y lo más importante, qué hace que sea mejor.


Lo que realmente vengo a exponer en estas páginas es mi oda al saber. La búsqueda a un discurso con sustento, con desarrollo, con hipótesis que nos dé una conclusión, que nos guste o no, es la verdad hasta que se demuestre lo contrario. Buscar certezas seculares que nos asentaban en la realidad ha sido ocupado por cualquier teoría de Twitter en vez de por principios con fundamento.


Pocos me negaréis que la política se ha apoderado de Twitter, y con ello todas las premisas que marcan como debemos actuar y cómo hablar, cómo integrar en el lenguaje y cómo criticar.



Vivimos en una época donde cualquiera tiene el derecho a teorizar y exponer conocimientos sin haber leído una sola página antes. No nos atrevemos a pronunciar las palabras “no lo sé” como si eso fuera pecado en la era de la sobreinformación.


A las personas ya no se les permite errar, ni siquiera en el lenguaje que utilizan. Los micro machismos y la guerra de los artículos empiezan a ser sentencias normativas que definen tu lucha. Y con mi speech no quiero entrar en el relativismo, pero mucho menos en el dogmatismo absoluto.


Hay una palabra en árabe que de pequeña odiaba. “Hshuma”. Significa vergüenza. Pero se expone delante de todos los temas tabús de la sociedad árabe. Y se sentencia cada vez que se intentaba hablar de un tema que se considera políticamente incorrecto. Hablar de la regla es “Hshuma”, hablar sobre sexo es “Hshouma”, hablar sobre personas homosexuales es “Hshuma”, hablar sobre el cuerpo de la mujer es “Hshuma”. Y se acentuaba aún más la vergüenza si había un hombre cerca.


A medida que fui creciendo le planté cara a esa palabra que me atemorizaba, me limitaba y me prohibía encontrar respuestas. Pero últimamente a mi alrededor veo cómo el feminismo ha tomado por banda esta teoría y se la ha llevado a su terreno. En el momento en que pronuncias teorías sobre la biología humana o las diferencias naturales entre hombres y mujeres, en el momento en que intentas exponer que tú no sufres desigualdad en tu trabajo, en el momento en que expones que las primeras machistas son las mujeres que deciden como deberían de pensar las mujeres por ser mujeres, sabes que empiezas a cruzar la fina línea de la ofensa de las que deberían de ser tus compañeras de lucha. En ese preciso momento en que dejas de plantear una idea, en que dejas de pronunciar tus inquietudes por miedo a que sea políticamente incorrecto, es cuando nos desplomamos en el “Hshuma”. Nunca antes la incorrección política fue tan políticamente correcta.


Hace unos días vi una entrevista a Slavoj Žižek, profesor de filosofía en la Universidad de Ljubijana, sobre los chistes racistas. Recordaba su juventud en Yugoslavia, cuando con otros jóvenes de otras antiguas Repúblicas Yugoslavas (serbios, croatas, bosnianos, etc).


”Cada vez que conocía a jóvenes de otro país cercano al mío, lo primero que hacíamos era contar chistes racistas el uno al otro. Competíamos para ver quién era el que contaba el chiste más ofensivo” - cuenta.

Describe como era fascinante poder competir entre ellos y en qué forma arrancaban todos a carcajadas.

De repente, un día se dio cuenta cómo esos chistes desaparecieron inmediatamente por la tensión política que los envolvía. Ahí es cuando se dio cuenta que faltaba poco para que la guerra empezara. Y empezó.


Por supuesto que los chistes racistas pueden ser tremendamente opresivos y humillantes. Pero creo que la solución es crear una atmósfera y practicar estas bromas de forma que funcionen como vía obscena de aproximación entre nosotros. O como dice Slavoj Žižek que sean una forma obscena de compartir solidaridad.


Y lo mismo pasa con el feminismo y otras tantas luchas. Cuando ciertas mujeres empiezan a sentir vergüenza por decir que ellas prefieren quedarse en casa cuidando de sus hijos o que ellas prefieren, empieza el problema. Hay que comprender que esa postura totalmente lícita y no por ello debería dejar de feminista. Aunque por desgracia, el movimiento las rechaza por su propia naturaleza.

He pasado de plantarle cara al “Hshuma” de mi infancia y mi cultura árabe, que me condenaba a inhabilitar mi expresión y mis curiosidades. Al fenómeno marxista elitista que no me permite escoger mi postura ventajosa. Que me cuestiona mi feminismo. Ahora ser sospechoso por omisión es un eufemismo del “o conmigo o contra mí”.