TÚ NO SUFRIRÁS MI PARTO













MARTA MILLÁN FERNÁNDEZ



A menudo tendemos a vanagloriar nuestro conocimiento y entendimiento de la realidad, es entonces cuando el pasado destapa la carta que iba a jugar y da la vuelta a la partida. Y, es que, a día de hoy, resulta imposible comprender algunos ritos de nuestros ancestros, de aquellos que habitaron el globo hace siglos, relacionándose entre sí de forma tan sumamente desigual a la actualmente concebida. La covada es claro ejemplo de esto.


No parece adherirse a las leyes de la lógica la existencia de un acto público ritual en el que la mujer, durante el parto o inmediatamente después de éste, cediese lecho al marido para que recibiera los cuidados. De igual forma, se encuentra a años luz de los límites de nuestra concepción social la idea de ver a un hombre de “parto”, dolores y contracciones incluidos -aunque fingidos-. Tampoco seríamos capaces de visualizar a una mujer continuando con sus quehaceres diarios, bien en el hogar, bien trabajando el campo, después de dar a luz.


Y, a pesar de ser contrario a nuestro fin biológico, a los roles que nos han sido impuestos desde muy jóvenes y que tantas veces hemos acatado como norma irrefutable, a pesar de parecer estas líneas sinopsis de alguna novela ficticia, es una realidad que se asentó en numerosos y diversos lugares del mapa, perpetuada por aquellos que pisaron la tierra siglos antes que nosotros. Una realidad cuyo conocimiento no está demasiado extendido, se trata de la tradición de la covada.


El término covada procede del latín “cova” (cueva), y es la palabra francesa “couvere” (incubar) la que aporta mayor significación a la práctica en sí. Otros estudiosos lo derivan de la expresión latina "puerperio cubare" o encamarse durante el puerperio o postparto. Los varones, con variaciones de una cultura a otra, fingían durante el parto la sintomatología del mismo, yaciendo con el neonato tras éste. Así, las mujeres quedaban relegadas a un segundo plano e, incluso, se incorporaban a las tareas cotidianas con total normalidad.


Han sido muchos los autores que han tratado esta sorprendente tradición en alguna de sus investigaciones. El testimonio más antiguo data del siglo III a.C. de mano del director de la Biblioteca de Alejandría, Apolonio de Rodas, que en su obra “El viaje de los Argonautas”, habla del pueblo de los tibarenos y menciona como los maridos gimen de dolor, mientras las mujeres dan a luz, encargándose éstas de los cuidados del hombre después del parto.


Diferentes documentos atestiguan la existencia de esta práctica a lo largo y ancho del globo, desde América del Sur y Nueva Guinea hasta Europa, al existir estos ritos entre las civilizaciones de astures, cántabros, vascos, maragatos, ibicencos y corsos. De hecho, Estrabón en su obra “Geografía”, hace alusión a la covada en los pueblos cántabros:


«…estas trabajan la tierra, y cuando dan a luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos. Frecuentemente incluso dan a luz en las tierras de labor, y lavan al niño y lo envuelven en pañales agachándose junto a un arroyo». (Estrabón III, 4, 17).

Siguiendo las hipótesis evolutivas de Johann Bachofen, a través de esta práctica los varones trataron de conseguir el poder femenino, y lo conquistaron, convirtiendo el matriarcado en patriarcado. Se trataría, pues, de una práctica histórica que serviría para atestiguar fehacientemente la existencia de sociedades matriarcales en la antigüedad.


No obstante, con el tiempo se han formulado nuevas tesis, que han desplazado el protagonismo de ésta. Así, muchos historiadores en la actualidad, conciben la covada como un rito de reafirmación de la paternidad, negando la existencia del matriarcado al entender que, en este caso, la afirmación del parentesco habría de realizarlo la mujer, no el hombre. Descartan, de esta forma, la idea de una hegemonía femenina, pero asumen la existencia sociedades donde la línea hereditaria es matrilineal.



Con todo, se trata de un tema en el que existe mucha controversia entre los estudiosos de la historia, por la dificultad que supone interpretar el significado real de textos de la antigüedad, imbuidos de connotaciones y contextualizaciones, incluso tintes políticos de la época, que muchas veces se escapan a nuestro entendimiento por el abismo diferencial entre ambas culturas.


Sin embargo, no debemos quedarnos en el enfoque superficial a la hora de analizar esta costumbre, debemos ahondar y descubrir la profundidad que radica en ella. ¿Por qué el mito del embarazo masculino? ¿Dónde nace la necesidad de generar una ficción, a todas vistas, irreal, para asumir la paternidad? ¿Cuál es el fundamento último de fingir un parto?


La aproximación a esta conducta es compleja y multifactorial, necesitaríamos de la antropología, la sociología, la biología darwinista, inclusive la psiquiatría, para conseguir dar respuesta a esos interrogantes. Georg Groddeck, médico, psicoanalista, literato y filósofo nacido en el año 1866, considera que esta institución está basada en la envidia que presenta el género masculino hacia el útero de las mujeres y las implicaciones que eso conlleva, destacando su capacidad reproductiva. Así, los varones intentan apropiarse de algo estrictamente femenino para asentar su ego: del poder de dar la vida.


De esta manera, nos encontramos ante unos ritos y costumbres sociales implementados para justificar el valor paternal del hombre para con sus descendientes y, así, preponderar la figura del padre. Es, por tanto, una estrategia creada por la antigua población masculina cuyo fin es legitimar su condición de progenitor.


A todas luces, resulta curioso, o como poco, interesante, que el género masculino en la antigüedad desarrollase toda una tradición ritual para justificar su paternidad. Más sorprendente aún es que esta tradición consistiese en una burda imitación de las mujeres dando a luz, siendo ésta una característica tan intrínsecamente relacionada con la condición de mujer, con la naturaleza misma en la que se fundamentan todas las diferencias y discriminaciones que ha sufrido el género femenino a lo largo de la historia.