SER MUJER Y JUEZA: UNA DICOTOMÍA CONSTANTE por LEONOR SANZ GALLARDO

Leonor Sanz Gallardo


El pasado 18 de noviembre amanecimos con la noticia de que el expúgil Poli Díaz, presuntamente, al haber sido mandado a prisión por la magistrada titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2 de Las Palmas de Gran Canaria, Dª María Auxiliadora Díaz, había planeado su asesinato.

Sobre este tema ya han corrido ríos de tinta por lo que no voy a hacer hincapié en el relato fáctico sino que me centraré en una cuestión que llama profundamente mi atención; y es que las únicas destinatarias de sus amenazas son mujeres (su expareja y la jueza); y lo hace a través de la expresión de violencia más grave que puede existir: la de quitar la vida.


Estamos ante el caso típico en el que el varón no asume que es el único culpable de haber, presuntamente, maltratado a su pareja, y no lo asume, principalmente, porque vive en una sociedad patriarcal entendida, según la definición dada por la intelectual Adrienne Cecile Rich, como “cualquier clase de organización grupal en la cual los machos mantienen el poder dominante y determinan cuál es el papel que deben jugar o no jugar las mujeres, y en el cual las capacidades asignadas generalmente a las mujeres son relegadas a los dominios místicos, estéticos, y excluidas de lo práctico y lo político”. En este contexto patriarcal, el sujeto de nuestro análisis no acepta la autoridad de la jueza y por eso la quiere matar. El sujeto no asume que él es el único causante del daño que está sufriendo porque se está revolviendo contra la contracultura feminista que le impide desplegar su machismo estructural y, por ello, se muestra como una bestia herida que se revuelve con todo su poder y violencia contra aquellas manifestaciones públicas en las que la libertad de la mujer se despliega en todo su ser. Y es que las mujeres no solo hemos conquistado derechos sociales, económicos y culturales, sino que hemos conquistado la libertad de pensamiento; un pensamiento que, a lo largo de toda la historia feminista, nos ha obligado a revisarnos constantemente para ir descifrando las situaciones de discriminación que estábamos viviendo. De este modo, mientras que la mujer ha acompasado su pensamiento al progreso en igualdad impulsado por el movimiento feminista, el hombre, en términos generales, no ha considerado que fuese algo que debía afectarle, manteniéndose, en el mejor de los casos y salvo contadas excepciones (como las asociaciones masculinas feministas existentes), como un sujeto pasivo del movimiento frente al que solo debía responder afirmativamente. Y esto ha sido un grave error ya que el movimiento feminista no puede prosperar solo a través de la revisión sobre el concepto de lo que es ser mujer, sino que también tiene que pivotar en torno al concepto de lo que es ser hombre, como elemento dinamizador de los atributos tradicionalmente asignados a los roles de género. Por ello, el feminismo también defiende la libertad del hombre frente a aquellos corsés del género que le comprimen en una masculinidad toxica y asfixiante. En este punto, me gustaría recordar las palabras de Betty Friedan, autora del laureado libro “La mística de la feminidad”, consistentes en afirmar que “son los hombres los que tienen que progresar hacia una nueva manera de pensarse a sí mismos y de concebir la sociedad”. En el caso de Auxiliadora estamos ante la expresión más grave del machismo, la de la violencia física. Estas manifestaciones no son casos aislados y las más graves de ellas son sancionadas pública y jurídicamente. Son el pico más visible y feroz de una pirámide cuya base está formada por actitudes micromachistas hacia las juezas que pasan totalmente desapercibidas por la sutileza de las mismas. Estas actitudes son diarias y abundantes en los juzgados y mis colegas juezas y una servidora las hemos sufrido varias veces en nuestra profesión. La jueza Cristina M. comentaba hace poco como, al llevar al detenido a su presencia, éste manifestó que solo iba a hablar ante el juez, al considerar que aquella chica joven que estaba en el estrado y en la silla destinada a su señoría no podía en ningún caso ser la autoridad que le iba a escuchar. También recuerdo cuando un abogado me dijo en sala “señorita”. Yo le pregunté, en tono irónico, “¿señorita?”, a lo que él me contestó: “¡Ah! ¡Señora!”. En ningún momento se le pasó por la cabeza llamarme “señoría”. No me imagino ningún escenario en el que a mis compañeros de profesión se les llame señoritos. También son abundantes los comentarios de mis compañeras quejándose sobre cómo han tenido que alzar demasiado la voz en juicio llegando incluso a dar un golpe en la mesa para poner orden. No es infrecuente leer en los foros públicos y en las redes sociales que son peores las juezas que los jueces ya que las primeras suelen ser más ariscas, amargadas y bordes. Cuando me preguntan si esto último es verdad, yo respondo que estoy de acuerdo en que esa sea la impresión dada; y estoy de acuerdo porque sé que esa mirada distorsionada sobre las mujeres responde a dos sesgos machistas muy claros. El primero es que la autoridad del varón en la judicatura se presupone por lo que el juez no ha de alzar la voz o adoptar una actitud de tensión evidente ya que, sencillamente, no le hace falta. Por ello, el juez, hombre, desprende una imagen mucho más afable y cercana que es valorada muy positivamente por el público. No se le cuestiona, no se le interrumpe. Por el contrario, a la mujer jueza no se le presupone esa misma autoridad por lo que no es infrecuente que se le interrumpa en sala o se le cuestione sobre bases no estrictamente jurídicas, de manera que, para hacer valer su opinión, suele tener que recurrir a medios más agresivos que el de sus colegas jueces tales como adoptar un tono de voz más distante, más cortante, alzar la voz o, como he comentado anteriormente, dar un golpe en la mesa del estrado. Y aquí es donde entra el segundo sesgo machista y es que, si por lo que fuera, el juez varón tiene que adoptar esa actitud distante, cortante o alzar la voz, la visión del receptor va a ser la de que, simplemente, está ejecutando los atributos que la autoridad le confiere; considerará que son rasgos del rol hombre y del rol juez. Sin embargo, si esta actitud es llevada a cabo por una jueza, esta está adoptando características tradicionalmente anudadas al rol masculino que no le corresponden, colocándose en una posición ajena a la de las actitudes dulcificadas, serenas y suaves que tradicionalmente se han asignado al género femenino. Y aquí es cuando se despliega la visión de la jueza arisca, amargada y borde. Estos sesgos solo se solucionan con educación. Pero mientras ésta llega, hace falta más, hace falta que la imagen de la justicia sea visualizada también en las mujeres y eso no ocurre cuando, a pesar de que la judicatura española cuenta con mas juezas que jueces, las altas instancias están siendo ocupadas masivamente por varones, provocando el efecto nefasto de mandar un mensaje claro y directo consistente en que, en realidad y en el fondo, el poder y la autoridad son del hombre. Para finalizar este artículo, me gustaría recordar a la tan maravillosa y admirada jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos Ruth Bader Ginsburg, a quien le preguntaron en una conferencia en la Universidad de Georgetown lo siguiente: “¿Cuándo habrá suficientes mujeres en el Tribunal Supremo?”. A lo que ella contestó: “Cuando sean nueve. La gente se sorprende, pero hasta ahora ha habido nueve hombres y nadie lo ha cuestionado nunca”. Desde este foro me gustaría, como jueza y mujer, mandar mi apoyo más sincero, contundente e incondicional a la magistrada Dª María Auxiliadora Díaz por los ataques y amenazas que está recibiendo.