UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES














BELÉN LÓPEZ NARANJO



Desde que somos pequeñas hasta que crecemos. Durante toda nuestra vida. “No te pongas eso” “No te maquilles tanto” “Maquíllate más, que mira qué ojeras” “Esa chica seguro que quiere hacerte la vida imposible” “La de al lado es competencia”. No. Basta ya. La de al lado no es competencia. Siempre hemos vivido con estos preceptos, desde que una nace hasta que se hace mayor y se convierte en una mujer adulta.


Una vez que estamos en el vientre de nuestra madre, ya se dictamina, nuestro sexo, pero sobre todo, nuestro género. Por que el género es un constructo social creado en base a unos roles que se imponen a un sexo. Desde que en la primera ecografía en la que se ve el sexo y le dicen a tu madre “es una niña” ya sabemos que se viene a luchar.


Así siempre hemos sido como bien determina Simone de Beauvoir en el “Segundo sexo” la representación de lo frágil, de lo delicado, de lo que vale “poquito”.


Pero, ¿qué poquito? ¿Es que ninguna mujer se ha parado a pensar en la losa que siempre llevamos encima? ¿Por qué nos han educado sumisas y bien calladas, para vivir enfrentadas entre nosotras?


A lo largo de toda la historia, hemos observado cómo se ha mal-tratado a la mujer en todos los ámbitos, desde la desigualdad laboral o económica hasta otros extremos más fuertes que siempre han implicado violencia hacia nosotras.


Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE, 2019) el término feminismo dice lo siguiente: “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”, el segundo significado que encontramos es: “movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”

Es por eso que la lucha lleva ya tres siglos alzando la voz, y muchos de los logros que se han conseguido hacen que a día de hoy podamos votar, estudiar, trabajar fuera de casa. En 1789, exactamente en la Revolución Francesa, algunas mujeres se aunaron para redactar Los Cuadernos de Quejas, que recogían las premisas que querían defender, como la protección de los trabajos femeninos y acabar con los malos tratos y abusos.



Pero no es hasta el siglo XIX, con las sufragistas, donde el feminismo comienza a tomar la forma de movimiento social para ayudar a abolir la esclavitud y reclamar los derechos políticos de las mujeres. Y aunque el sufragio universal les costó 80 años y la lucha fue difícil, lo consiguieron. Lo conseguimos.

Sin embargo, todavía hay mujeres dentro del colectivo que siguen estando por debajo de sus compañeras. No hemos llegado hasta el siglo XXI para decir que el movimiento que nos diferencia es el mismo que nos enfrenta. El feminismo no es un bloque sólido en sí mismo, hay diversos debates abiertos.

Es verdad que todas perseguimos el mismo fin: acabar con la opresión, pero para algunas mujeres la lucha es más dura. El feminismo occidental ha sido sobre el que más se ha escrito, y a lo largo de la historia se han apreciado notables diferencias entre mujeres que no gozaban de los mismos derechos porque provenían de contextos diferentes, y menos privilegiados. Por ello, se han creado diversas corrientes tales como el feminismo negro que respondían a problemas racistas y sexistas a la vez.

Por otro lado, la desigualdad que aún se observa en los contextos islámicos está muy presente en muchos hogares de mujeres musulmanas .


Las mujeres musulmanas siempre han estado obligadas a tapar su cuerpo, ya que era fruto del pecado y no podía ser observado por otro hombre que no fuera su marido.


El harén, la jaula de oro, como indica la escritora Fátima Mernissi, es la cárcel de muchas de ellas donde tienen que obedecer las órdenes de la casa. “Cállate” “no te señales” “no le alces la voz a tu hombre y si tiene que pegarte, es por tu bien”, son algunas de las impactantes frases que muchas mujeres están acostumbradas a escuchar.


No hay que caer en la definición errada de que “el feminismo solo lucha para que la mujer sea igual al hombre” No. Se lucha por eliminar la opresión, se lucha por el techo de cristal, se lucha por la brecha salarial, se lucha por los derechos humanos inherentes a la condición de persona, sin importar su sexo. Los contextos a los que han de enfrentarse las mujeres en distintas partes del mundo hacen que, en muchas ocasiones, a la lucha feminista se unan otro tipo de reivindicaciones sociales. Por esto, no podemos sino mantener nuestro punto de mira en “la necesidad de igualdad y dignidad en el seno de nuestras instituciones y sociedades”.